Madrid

El propósito, que no el hábito, no siempre hace al monje. Y el empeño en escribir más no siempre se traduce en literatura. Mucho menos en buena literatura.

Pero llevo unos días pensando en el acto de creer, y creí que creyendo en mi pensamiento tendría que contarlo.

Como me muevo en mil arenas filosóficas y nado entre el racionalismo y el existencialismo de una manera pasmosa, he de empezar aclarando que no hablo de creer en el sentido de tener fe, sino más bien en el sentido de depositar tu confianza en algo. Algo a lo que aferrarte, algo a lo que agarrarte, algo a lo que asirte cuando todo lo demás se desmorona. Porque nuestro mundo, sea simple o complicado, se desmorona. Por demasiado simple. O por demasiado complicado.

Solemos creer en cosas, en personas, en ideas, conceptos, o simplemente tonterías, estupideces y demás inopias al abrigo del occidentalismo. Pero los hay, existen. Los hay, las hay, que creen en las mentes, o en un par de tetas. Los hay que creen hasta en Adam Smith y el liberalismo. Y los hay que creen en Billy Wilder. Y en Abraham Lincoln.

Creer, en cierta o gran medida, es un acto pusilánime. Por incierto, por inocuo, y por intrascendente. Porque somos más que aquello en lo que creemos y porque, para nuestra satisfacción y par desgracia, muchas veces se convierte en aquello que amamos.

Creer para mí era un acto pusilánime, y yo creía en Madrid. En la ciudad que me paseó durante seis años antes de que la cambiara temporalmente por una sucesión de colinas. Y yo creía, además, en lo genuino de aquel paseo por la ciudad que era mi vida. Genuino. Auténtico, legítimo, característico. Yo tenía eso. Lo tuve, lo tenía. Qué más da ahora la imperfección en el tiempo.

Como la Manhattan de Allen, creí que Madrid era mi ciudad, y que lo sería siempre. Que necesitaría salir, pero que querría volver. Y que cuando quisiera instalar cual paloma un nido donde crecer, allí lo pondría. Que cualquier espacio a habitar, si era allí, me enriquecería. Que siempre sería un refugio al que acudir, y sus calles el hombro donde llorar, los adoquines donde depositar la felicidad y, desde luego, los bares donde ahogar cualquier sentimiento demoledor. Que allí estaban los amigos, y que eso era lo más importante.

Y lo eché mucho, mucho de menos.

Quería irme, pero quise volver. E ilusa, o inocente, o simplemente ignorante, creí o quise creer, o confundí realidad y deseo, o pequé de atrevimiento, o una mezcla de todas las demás, al no encontrar lo que volví a buscar. Porque la ciudad que me completaba se convirtió en la ciudad que me ahogaba. La ciudad de mil aristas, planes, situaciones, lugares, conversaciones, que redescubría cada vez que bajaba San Bernardo, de repente era la ciudad sin aire, incómoda, abotargada e insulsa que ya no me calmaba. Que añadía más rabia, que exacerbaba lo malo. Cuando yo necesitaba a esa Madrid que me acompañaba, que me tenía calada.

Y lo curioso es que seguían todas esas cosas que en su momento la hicieron lo que fue, lo que era, lo que ha sido para mí. Lo curioso es que Gallardón aparte Madrid era la misma. Pero el todo dejó de ser algo más que la suma de las partes. Madrid seguía teniendo muchas cosas que darme, pero aún muchas más que no. Y ese lugar al que volver volvió a convertirse en el lugar del que escapar. Su tono se me tornó desolador, su apariencia inapreciable. Y dejar de creer en una de las pocas cosas que te han (con)movido es difícil de aceptar. Porque de ahí no se moverá, y habré de volver. Y lo peor es que si volveré a creer o no, si de nuevo encontraré esa Madrid, es algo que escapa a mi conocimiento y que vuelve a reducirse al campo de la confianza. De nuevo un acto pusilánime, de nuevo una indeterminación.

Pero lo que sí es cierto, por definido, es que ahora ya no lo echo de menos. Y lo curioso, o lo enrevesado, por estrambótico, es que echo de menos echarlo de menos.

Porque Ammán me curtió. Me endureció y me enseñó muchas cosas. Pero Madrid me hizo. Y nunca he enseñado un lugar con tanta pasión.

Ahora he de enseñar otra ciudad. La tercera que habito, la tercera que elijo. Ahora he de enseñar una ciudad muy europea y nada decadente. Ahora, que estoy perdida en cotas Charlotte elevadas a la enésima potencia, ahora que envidio la claridad magnificente que disfrutaba a la hora de elegir, he decidido dejarme llevar para reconstruir no a la persona que era, sino a la que seré.

La Grand Place no es mi Plaza Mayor, pero mi Plaza Mayor ya ha dejado de ser mía y de he trazar nuevos Top #5. Encontrar es un verbo transitivo que, como tal, no necesita un sujeto sino únicamente un complemento directo. Y encontrarse es una forma nominativa falaz. No sé qué encontraré, ni qué me encontrarán. De momento he decidido encontrarles lo que escribo, porque esto es lo que de momento soy. De momento y por el momento, sonrío y lacrimo con la misma intensidad y duermo sobre un colchón que ya no aguanta un cuerpo tres veces más pesado. Ya no necesito a nadie que me ayude a despertarme, aunque me pese que ese nadie no note mi liviandad al levantarme.

De momento me he vuelto a mudar. A una ciudad muy lluviosa y poco amigable, que pone a prueba mi antaño apreciado sentido de la orientación y que me ofrece variedades que he de aprender a disfrutar. Y puede que la lluvia no ayude al ánimo, y es cierto que las nubes tuercen la risa. Pero lo peor de la tormenta ha pasado. Y como Charlotte, tengo paraguas.

 

Brussels is not Tokyo. But anyway, lost.

2 comentarios en “Madrid

  1. Me temo es que tendemos a idealizar el lugar donde hemos sido felices, donde hemos tenido una experiencia razonablemente positiva. Nos olvidamos de lo malo y exageramos lo bueno, y de algún modo pensamos que todo tiempo pasado siempre fue mejor.

    Volver al lugar donde has sido feliz suele ser un fiasco, porque al final los sitios no son más que contenedores, y la experiencia que tengas depende sobre todo de con quién te juntes (que es lo verdaderamente difícil) y no de dónde estés. “Tu país son tus amigos”, aunque suene cursi. El sitio ayuda un poco pero ya está…

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  2. En mi caso, no creo que idealizara Madrid. Mis últimos ocho meses allí los viví con ilusión, decreciente, pero ilusión. Nunca creí que cualquier tiempo pasado fuera mejor. Nunca he creído en eso, en general.

    El desencanto fue con la ciudad. Mi país son mis amigos, y mis amigos siguen allí. Y los sigo echando de menos, ahora que vuelven a no estar. Pero no así a la ciudad.

    En fin… Gracias por el comentario.

    Violeta

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