Los idus de mayo

 

El mundo se desploma y yo no dejo de llorar.

Desde que dejé de ser estudiante, hace ya dos años, me convertí en una adicta a la información. He llegado a descubrirme, en conversaciones con amigos, hablando de cosas que desconocía que sabía. Historias mínimas, que se almacenaban en mi cabeza tras horas navegando por Internet. De Escolar a Wikipedia. De Guardian a Huffington Post. Pasando por millones de blogs, enlaces de redes sociales, búsquedas gratuitas y completamente extemporáneas en Google. Algún que otro amigo acudía a mí antes que a la prensa, para oír mi particular versión de tanto hecho condensado en una materia gris cada día más negra.

Hace diez días, mi adicción perdió potencia y el ratón de mi ordenador ya no cliquea a la manera de antes. Ya no pasa de un mero vistazo a las portadas, de escuchar brevemente la primera edición del telediario, de repasar los comentarios de facebook, siempre aleatoriamente, siempre sin concierto.

Mi conocimiento de la actualidad ahora se reduce a flashes, retazos de noticias que oigo llegar de lejos, que de algún modo se instalan en mi cabeza. De ese modo en el que quiero conocerlas, pero no dejo que lleguen hasta mí.

En diez días he escuchado que Bankia cayó en Bolsa hasta valer su peso en acciones de Inmobiliaria Colonial. Que un día más tardío que aquel subió un 20% sin necesidad de remos. Que la iban a rescatar por 4.000 millones  de euros, o a inyectar 10.000, o quizá a prestar 15.000. No lo sé. En diez días estos flashes, retales, fragmentos, se reducen a Grecia, euro, Wert, Goirigolzarri, Merkel. Y con tanto nombre de tintes nórdicos a una le gustaría pensar que su alma se ha trasladado a una ópera de Wagner. Estridente, incomprensible, tediosa, pero una ficción al fin y al cabo.

Pero no, sigo aquí, sin dejar de llorar.

He dejado de leer. Ya no compongo en sueños.

Casi quiero pensar, aunque no por consolarme, que sería la perfecta musa de Sófocles.

Porque los idus de mayo se han llevado algo que yo quería. No del todo, pero sí del modo en que yo lo quería. Todos somos reemplazables, me dijo hace un año un buen amigo cuando le contaba por qué no quería apostar mis fichas. Y hoy, una vez gané a la banca y fui perdiendo poco a poco, hasta quedarme sin nada, recuerdo a aquella Violeta como a la misma chica asustada de hoy, con más información quizá, con menos zozobra, pero con miedo, con miedo de perder lo que aún no tenía.

Todos somos reemplazables, querría suponer. Pero no. Yo he perdido gente que no he podido reemplazar. Familia, más de la que habría querido, y una amiga. E incluso aunque hubiera muchos seres reemplazables, algunos reemplazables marcan más que otros.

Yo, que soy muy fan de El Guardián Entre El Centeno (como ya habréis notado en alguna ocasión), tengo 3 ediciones.

Una, la primera, la compré cuando tenía 14 años. La leí en una tarde. Fue importante para mí porque fue la primera. Porque la usé y gasté. Pero nunca fue una buena traducción y nunca debí haber gastado mi tiempo en leerla más de una vez.

La segunda fue una edición especial, teóricamente mejorada. Pero la traducción seguía sin ser buena, y yo decidí nunca terminar aquella novela. Quedóse en mi estantería de mero recuerdo, de una ilusión momentánea que experimenté cuando la compré en la Casa del Libro. Pero nada más.

La tercera… La tercera fue, y es, la definitiva. La encontré en una librería de París, y en cuanto mis ojos se cruzaron con ella supe que quería ese ejemplar. Era una edición Penguin Classics, básica, pero me dio todo lo que podía esperar de aquella novela. Embebí Salinger en el estado en que siempre había querido, en el que siempre lo había pensado, en mi cabeza. Disfruté y sufrí muchas de sus páginas, y la estiré hasta destrozar sus trazas. Pero aún la necesito, aún la leo, y me ayuda a pensar, y a decidirme, y a mejorar.

A donde quiera que voy, va conmigo. Está gastada, sí. Bien haría en donarla. Pero quiero que siga conmigo.

Holden dijo que no debemos tener tanto apego a las cosas materiales. No debería afectarnos la pérdida. De ahí que si algo le pasara a mi ejemplar original de Penguin Classics, si lo perdiera, si lo extraviara, si se quemara, debería saber seguir adelante. Instantáneamente, sin otorgarle más que un sentimiento de pésame a esas páginas. Debería ir y comprar un nuevo ejemplar, o ninguno, o simplemente olvidar que alguna vez me gustó un libro tanto como para depositar mi personalidad en él. Como para leerme a través de él.

Holden tenía 16 años y nunca había dado nada de sí mismo, salvo a su hermana.

Yo tengo 25 y no dejo de llorar.

Y sin ni siquiera saber a cuánto ascenderá el rescate de Bankia.

 

En algún momento, alguien me regalará una primera edición, original, de The Catcher In The Rye. Y me hará feliz, pero no reemplazará a la edición que compré en París.

Para entonces, quién sabe cuánto habremos pagado por Bankia.

Un comentario en “Los idus de mayo

  1. Espero ser yo quién encuentre esa primera edición y te la llegue a regalar algún día. Me pondré en la busca, no te preocupes.
    ¿Para que están si no las hermanas?

    Me gusta

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