Talento desperdiciado

Lo más triste en la vida, es un talento desperdiciado.”

Tell me about it.

 

Es triste, sí. No sé si lo más triste habida cuenta de la existencia de Mujeres, hombres y viceversa o la Korea de Huntington (perdonen el humor negro).

Este post iría de talentos desperdiciados en general, de no ser porque tomando al existencialismo del brazo (y algunos lo llevamos ya en las entrañas) todos tenemos talento desperdiciado. Unos más, otros menos. Pero hasta Goethe desperdició su talento. Y a muchos nos causa cierta angustia sabernos privados de un ex-ante (y más próspero, si cabe) Fausto. Reconozcámoslo, algunos éramos más felices a.H. (antes de Heisenberg).

El talento, que es más bien un intangible, porque no se corresponde con el coeficiente intelectual ni es una cosa etérea a juicio solo de los infalibles como el Papa, nace de las expectativas. De las de cada cual, quede claro, o si no no se explicaría por qué Mourinho está dónde está (esta vez no quise meterme en política ni mencionar a ningún gallego). En fin, lo que les quiero decir es que Mourinho causa expectativas que le confieren un aura de talento inacabado, o potencial, o disponible; del que puede hacer gala o no, pero entendemos que si mañana se levanta y le apetece, así hará.

 

He, so talented.

He, so talented.

 

Tener talento, más, menos, es común. Lo que varían son las expectativas. Y es difícil vivir a expensas de las expectativas de los demás. Y es más difícil aun cuando esas expectativas se te enraízan hasta el punto de que ya no puedes, o no sabes, diferenciar dónde empiezan las tuyas y dónde terminas las de los que te rodean que, acaso, son más importantes de cumplir (al menos para ti).

Mi padre siempre quiso que yo fuera una chica 10. Más bien, siempre quiso que en una escala de 1 a 10, yo fuera un 11. Y vivir intentando alcanzar un 11 provoca mucha tensión. Además, es un arma de doble filo porque cuando no llegas al 10 y te quedas en el 8 no es que sientas decepción, y no es que te duela el menosprecio de tu padre. Simple y llanamente, estás K.O.

Mi madre, al contrario, siempre me ha educado un poco más a lo Caribbean-style. Sabiéndome inteligente, me dejó vía libre para utilizar esa inteligencia para lo que quisiera. Y se lo agradezco, cómo no. A simple vista, además, es una posición más sana. Pero para las mentes más retorcidas, complicadas y viradas a lo Hamlet, nos provocaba un sentimiento de dejadez. Nunca contar con una opinión y ese constante “let the chips fall where they may” frustraban menos, pero frustraban al fin y al cabo.

En esta dualidad de “haz esto”, “haz lo que tú quieras” (que la situación económica convirtió en un “haz lo más barato”) he vivido ya 24 años. Y no es que las consecuencias afloren justo ahora; pero hoy me apetecía contarlo.

Mientras tanto, he tenido amigos, parejas, y más familia que (por supuesto) siempre ha intentado dar su opinión. Parece que cuando uno se asemeja más a una navaja suiza (múltiples funcionalidades) que a un simple cuchillo jamonero (una única funcionalidad) todo el mundo quiere sacar una parte de la susodicha navaja. Y como dar consejos gratis es muy del incontinente españolito medio, pasé unos cuantos años decidiendo ser lija o tijera. De hecho, aún no me he decidido.

Lo reconozco: me gustan demasiadas cosas y me sumo en la confusión y me atasco cuando corro de una cosa a otra y al final acabo hundida.

Mientras tanto, pocas personas (salvo los que me conocen un poquito) parecen darse cuenta de que la versatilidad, y no la especialización, es importante pese a Platón y el pensamiento occidental.

Pero esto da igual. Versátil o no, o polifacética, o polivalente, o poliédrica (quién sabe), después de todo eso, sigo decepcionándole a él, a mi padre, y, por ende, sigo decepcionándome a mí misma. A veces he llegado a pensar que nunca gozaré del sentimiento de conformidad. Que permaneceré en un constante estado de insatisfacción, por muy dañino que sea. Pero a ratos, cuando alcanzo la saramaga lucidez de la que a veces hago gala, me siento, y recapacito, me deshundo y floto a superficies donde me digo “querida, la insatisfacción no es un estado vital, ni una característica del ser” y, a lo Oscar Wilde, me vuelvo tan inteligente y sabia que no entiendo una sola palabra de lo que digo.

Con lo que, vuelvo a sentirme inacabada. Verán que es el cuento de nunca acabar.

Este post le debe algo a un fiel seguidor de Shakespeare y, ya que la insatisfacción es un síntoma de ambición, también a Macbeth. Que no es cualquier obra literaria, sino un tractatus filosoficus de cabecera sobre la condición humana. Y yo, que aún no he matado a nadie pero ansío despojar unos cuantos tronos, empiezo a tener miedito.

La ambición es un síntoma de insatisfacción sí, pero también de envidia. Sana o insana (parafraseando a facebook: la envidia sana no existe, son los padres), necesaria o no como elemento inapreciable que nos lleva a la insatisfacción y a la ambición entendida como ansia de mejorar, os contaré un secreto: la envidia es una mierda.

Lo reconozco. Embebí desde pequeña esa aura de chica 11 de papá. Ese “Dios, o la vida, o la genética, te han dado algo especial y tienes que honrarlo”. Y pardiez si es difícil. A Dios, o a la vida, o a la genética pongo por testigo. Porque en el instante en que notas que tú, como elemento mejorado, alcanzas menos cotas que elementos similares pero no mejorados, te sumes no en la desilusión, no en la desgana, y desde luego no en la tristeza. Simple y llanamente, estás K.O.

Pero el mundo no es justo, y las cosas dentro de él, tampoco. Lo cual incluye a España, a su mercado laboral, e inclusive a tus jefes, que prefieren desperdiciar un talento a índices que harían temblar primas de riesgo y que provocarían el rescate del FMI. Solo que en esta historia, no hay FMI.

Al final, mamá, mi contrapeso que nunca pesó lo suficiente, tenía razón.

A lo Tyler Durden, su consejo debería pesar más.

 

I say never be complete

I say stop being perfect

I say, let’s evolve

Let the chips fall where they may.”

 

Hagan esto o las toneladas de frustración les saldrán por las orejas.

Y, aunque solo sea por discurrir, perdónenme esta su intromisión en lo más profundo de mis pensamientos. Y a mis padres si no encuentran veraz lo que aquí se cuenta.

(Perdonen también el cambio de estilo. La excelencia, aunque un hábito, tiene sus grados. O eso dice la publicidad de ICADE.)

Un pensamiento en “Talento desperdiciado

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