De Rothko, Kundera, y marmotas

 

He estado lejos.

En este tiempo, he cambiado a Rania por Mariano Rajoy. He vuelto.

Y hasta llegar aquí he hecho muchas elecciones. Muchas. Incluyendo una fundamental: no votar a Mariano Rajoy. Pero esa ya es otra historia.

Y ha pasado tanto tiempo que quería volver tratando precisamente de este tema tan poco manido. Tan inusitadamente opinado. Tan desconocido para el gran público. Tan peculiar. Las elecciones.

En Atrapado en el tiempo, Phil -personaje interpretado por Bill Murray-, un meteorólogo de una pequeña cadena local con mayores aspiraciones, se traslada con su equipo a Punxsutawney, un pequeño pueblín de Pennsylvania donde cada 2 de febrero celebran el Día de la Marmota, celebración en la que una marmota predice (en función de si mira o no su propia sombra) cuánto durará el invierno. Y Phil se encontrará con la maldición de despertarse todos los días en el Día de la Marmota. Cada día. Todos los días.

Así, todos los días tiene la oportunidad de luchar por el día perfecto. Todos los días tiene la oportunidad de calcular la palabra perfecta, el momento preciso, la acción idónea que se traduzca en la posibilidad de conseguir lo que desea. Hasta que empieza a comprender que es su excesiva ansia de perfección lo que acaba por no permitírselo. Hasta que se deja llevar, imperfectamente abandona al deseo de encontrar la perfecta perfección y encuentra una versión mejorada de sí mismo.

Sostenía Kundera, en esa maravilla de la naturaleza, ese prodigio literario, esa guía existencial que es La insoportable levedad del ser, que vivir solo una vez era asimilable a no vivir en absoluto. La incapacidad de repetir nuestras acciones pasadas, alterándolas, producto del perverso gerundio que nos inhabilita desandar lo ya recorrido, nos inhabilita asimismo a considerar ese mismo recorrido como experiencia. Para que nuestra vida adquiriera sentido, para que realmente pudiéramos hablar de experiencia adquirida, deberíamos tener la capacidad/oportunidad de rehacer aquello cuya consecuencia no nos ha satisfecho del todo, o nada, o no lo que esperábamos. Hacer y rehacer, poder considerar así causas y consecuencias, diagramas de flujos, futuribles, hojas de cálculo sobre nuestras propias acciones. Así, Kundera comparaba la vida con un cuadro que va pintándose sin que el pintor -nosotros- tuviéramos en algún momento la oportunidad de deshacer lo pintado. Incapacitados ante nuestra propia obra, sin verdadera capacidad de aprendizaje más allá que la que nos otorga el gerundio. Como el personaje de Bill Murray en Atrapado en el tiempo, deberíamos tener la capacidad de retrotraernos al punto en el que todo se torció. Borrar el morado que destrozó nuestro cuadro y cambiarlo por un añil, manteniendo el resto de las variables constantes. Solo «probar» hasta conseguir el resultado deseado. La elección indudable. Lo que todos anhelamos. Y lo que cualquier teórico cuántico, amén de Milan Kundera, sostendrían imposible.

Dicen que cuando algo se acaba siempre piensas en cómo empezó. Dicen que empiezas a repasar mentalmente cada paso, cómo acabaste ahí, así, cómo no se torció todo antes, o cómo no escogiste un camino alternativo. Como en el cuadro que es la vida para Kundera, intentas recuperar el primer trazo. Dónde empezó el color, en qué punto el rojo se tornó amarillo, en qué punto todo se mezcló hasta alcanzar el naranja. Pero a veces, como si de un Pollock se tratara, identificar el primer trazo es prácticamente imposible. La vida, lamentablemente, no es siempre un cuadro de Rothko. Compartimentado, riguroso. No hay pinceladas claras, perfectamente delimitadas, ni retazos de azul celeste que invoquen a la más perpetua calma entre cualquier atisbo de tempestad.

 

«Casi imperceptible, casi innecesaria, pero imprescindible.»

 

Yo digo que cuando algo empieza siempre piensas en cómo terminará. Digo que empiezas a repasar mentalmente cada paso, cómo acabará todo, así, o no, de qué manera se torcerá, cuándo, o por qué no escoger un camino alternativo. Que en el cuadro de tu vida, enmarcas todo tu ser y todas tus circunstancias hasta encontrarte plenamente convencido de que no te estás equivocando, de que estás haciendo lo correcto, de que todo estará bien.

Pero cómo saber que estás haciendo lo correcto.

Lo bueno es que a veces no tienes que saberlo.

Porque hay elecciones que no son tal. Hay veces que no eliges. Y no porque no haya opciones, o imposiciones. No es nada de eso.

Hay elecciones que son como ese retazo azul celeste, esa pizca de Rothko que añade orden, que envuelve de orden, que convierte en primitivo orden a tu universo, que se erigen en tu incondicional demiurgo. Esas elecciones son las fundamentales.

Afortunada, yo tengo ante mí una de esas. Y aunque no pueda saber cómo terminará, ni cuándo, ni dónde, ni siquiera la consabida incertidumbre de por qué, así es como la pienso. Quizá deje de serlo, quizá no. Pero hoy es mi elección absoluta, mi elección indudable, el trazo celeste sobre rosa y naranja, la marca Rothko de la tranquilidad.

Y entonces elegir no es renunciar. Entonces te olvidas de cuadros por pintar y repintar, de cuánticos y Kundera. Y empiezas, como Bill Murray, a construir una versión de ti mismo que es mejor que tú mismo.

Nadie te absuelve de que algún día, como involución abstracta y deformación inconclusa, el que es tu Mark Rothko se convierta en tu nuevo Jackson Pollock. Pero lo bueno de haber visitado más de un museo, es que aprecias mejor el arte. Mientras tanto, algunas elecciones te traerán a Mariano Rajoy, y otras a lo mejor de tu vida. Porque las mejores cosas de la vida no las elegimos nosotros. Y las peores sí.

A pesar, incluso, de Mariano Rajoy.

 

[No crea el lector que guardo algún tipo de desafecto hacia la figura artística de Jackson Pollock. Hacía él solo guardo la más absoluta admiración. No en vano fue una figura clave en la evolución desde un primitivo abuelito adorable que nos ofreció espectaculares estampas de su florido jardín con el mayor maestro del color, Mark Rothko. Pero, en el tapiz de este universo, no habría habido Rothko sin Pollock ni Monet. Y, por ello, gracias.]

2 pensamientos en “De Rothko, Kundera, y marmotas

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