Jordania

“Que al lugar donde has sido feliz,
no debieras tratar de volver.”

 

Empecé este blog hace ya un año.

Hace ya un año, cuando varaba nerviosa las calles de Madrid, pensando cómo sería mi vida en Jordania. Y así lo dije, en mi primera entrada. Si Rania puede, yo también.

En un año, apenas he mencionado este país. Apenas he soslayado una reflexión entre líneas o alguna leve conmiseración. A diferencia de muchos compañeros, que declamaban maravillas o desgracias de sus destinos en sus blogs, yo he mostrado desaprecio en el escaso aprecio al mío. Pero un año después, la reflexión aparece casi como una losa, un deber al lugar en el que has vivido un año de tu vida. Que una veinticuatroava parte de la misma bien puede parecer una migaja, pero tú bien sabes que te ha aportado mucho, mucho más que eso.

Y así, diré que si Rania puede, yo también pude. Al menos, hasta aquí. Hasta el día en que me senté a comer con mi compañero, con mi amigo, con Nacho, y retomamos la sempiterna intención de esclarecer por qué pedimos Ammán, qué hemos hecho aquí, y a dónde va este país.

Porque este país desafía toda lógica.

Para alguien que cree en el desarrollo -y en la autonomía del desarrollo- y en el progreso, todo lo que aquí ocurre carece de algún sentido y se torna por completo en kafkiano. Uno se aproxima a Jordania y se figura un Oriente Próximo occidental, más próximo a Europa, abierto. Uno aterriza en Jordania y esa imagen comienza a desfigurarse. Y si uno visita Siria, Líbano, Palestina y Egipto, esa imagen deja de carecer de todo sentido.

Porque el país con mayores libertades, con mayor inversión en desarrollo, con mayor implantación extranjera, y sin conflicto bélico alguno declarado, es el país más adormecido, más intolerante, más socialmente atrasado de toda la región.

 

 

 

No es la analfabetización, no es una suerte de dejadez programática e insoslayable y, por supuesto, no es la religión. No es en absoluto la religión, elemento accesorio que ni impulsa ni desvanece en ápice alguno la movilidad de los jordanos. Y entonces es cuando cabe preguntarse por qué una población tan susceptible, tan expuesta al estímulo exterior, no actúa. Por qué lo exógeno no infiere, más allá de arraigar un decrépito amor por las franquicias y los centros comerciales. Por qué lo endógeno sumerge el más mínimo resquicio de su existencia, reduciendo cualquier elemento identitario, cualquier arraigo, cualquier explicación, a la tribu. La tribu, condición necesaria, elemento suficiente, que dota de impermeabilidad al país y lo envuelve en una burbuja inaccesible al cambio, proclive a la conservación, inalterable pese a la allegada revolución.

No di yo en el clavo, sino Nacho. Porque “permeabilidad” es el concepto clave. La única explicación quizá a la que, después de un año, hemos conseguido llegar. Porque tienen características muy comunes, pero se comportan de manera diferente. Y quizá la mayor parte del problema resida en su estructura social. Yo, que siempre he odiado a Huntington, me muestro ahora proclive a determinar que es la institución tribal la gran culpable del atraso de este país. De su inmovilismo, su pachorra y su conformismo. De que exista un férreo rey al que nadie cuestiona, de que se disuelvan parlamentos y se creen otros, y de que estos sean incluso más inmóviles que el propio sistema que los crea. De que haya grandes proyectos que nunca se llevan a cabo, de que todo sea papel mojado, de que no haya más que marionetas que creen ser niños de verdad. Y no lo son.

 

 

 

Un año se dice muy pronto. Pasa despacio, o deprisa, según la intensidad con la que lo vivas. No me corresponde a mí juzgar si un año es suficiente para acometer una opinión lo suficientemente formada; pero tampoco creo que mi opinión llegue a nunca a estar lo suficientemente formada. Yo también pude haber sido más permeable a Jordania, como Jordania pudo haber sido más permeable a mí. Pude haberlo aprovechado más, pude haber tenido otra actitud. Pero la Violeta que vino no es la que se va, y eso he de agradecérselo, en parte, a la impenetrable impermeabilidad de este país.

En Jordania, los hombres te miran hasta el punto de hacerte rozar la más absoluta incomodidad. Pero ante eso, altivez. En Jordania, los taxistas procuran llevarte siempre por el camino más largo. Pero ante eso, determinación. En Jordania el machismo es contagioso, la consideración mínima, la educación ausente y la empatía inexistente. Y ante eso, valentía.

Porque en un país que desafía toda lógica, no hay escala de grises. Y así, cuando de verdad te encuentres en un apuro, cuando tu coche quede varado en una cuesta, o te quedes sin agua camino de Damasco, conocerás a la gente más hospitalaria y amable del planeta. Y un beduino te ofrecerá té aunque tú, ignorante, no sepas que está confabulando en su cabeza cómo habrás de devolverle el favor, porque ha visto el sello de la Embajada en tu tarjeta de visita. Pero a ti eso te dará igual, porque en ese momento sentirás que viniste a este país por algo.

Vine a este país por algo. Para volverme, con suerte, un poquito más sabia. Y la suerte, que no es más que una preciada mezcla entre preparación y oportunidad, me trajo a un país “moreno y caluroso” para curtirme, hacerme salir adelante y depararme buenas y malas sorpresas. Y reconocer, un año después, que hiciste bien en rechazar una Fulbright. Que hiciste bien en venir, porque Estados Unidos te habría dado otras cosas, pero sin engañarte, sabes que lo habrías tenido todo mucho más fácil.

Y lo fácil, lo fácil no se valora.

 

 

 

 

 

Un comentario en “Jordania

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