Obama Bin Laden

 

Cuando comencé este blog, me prometí que en él jamás se hablaría de política.

Porque peco de radical, de obcecada, de tajante, e incluso de intolerante. Aunque yo siempre he preferido decir que, lo que me pasa, es que tengo las ideas demasiado claras. Esta conversación, cosa extraña, se ha sucedido en más de una ocasión con personas que poco entrañan en común:

-¿Cuál es tu opinión sobre…?
-No tengo opinión.
-Oh, vamos. A quién querrás engañar. Tienes una opinión para todo.

(Y probablemente sí, pero muchas de ellas quizá sea mejor mantenerlas en el anonimato > http://www.fotolog.com/violetish/17026863)

Aprovecho este espacio de regodeo para desmentir tal afirmación. Hay temas sobre los que tenía una opinión meridianamente clara y aserta y que ahora me provocan serios dolores de cabeza. Entre ellos, el aborto (la interrupción voluntaria del embarazo, si he de ser políticamente correcta y enarbolar la bandera del eufemismo), el conflicto vasco y sus ramificaciones, la historia reciente de España (especialmente la “Transición” española, y las comillas no son baladí), o dónde ha de acabar el subterfugio de la “soberanía”, por citar algunos. Me gustaría decir que cada vez soy menos radical, obcedada, tajante, e incluso intolerante. Pero de escalo o nulo juicio gozaría tal afirmación si esta provienese de mí misma.

Lo dicho. Cuando comencé este blog, me prometí que en él jamás se hablaría de política. Para soltar proclamas, me dije, y mostrarle tus profundas convicciones izquierdistas al mundo ya tienes facebook. Por eso, y porque mi anterior blog (loqueadamsmithnodijo.blogspot.com) fue un fracaso precisamente por todo lo anterior. Por acabar convirtiéndolo en un panfleto anticlerical digno de los años más oscuros (o brillantes, según se mire) del anarquismo español. Muchas entradas se han perdido en el limbo de mis cuadernos precisamente por ello, incluyendo una sobre la desvergüenza institucional(izada) de la USAid que algún día he de rescatar.

Pero la semana pasada me tocó cumplir un año más sumida en la desesperación. En el acoso constante de una pregunta. ¿En qué mundo vivo?

Hace una semana, despertaba con el discurso de quien acaso nos ofreció la mejor pieza de teoría política contemporánea en su aceptación del Nobel, que anunciaba, henchido, que había hecho justicia.

Él se había plantado en Oslo a recoger el Nobel y había argumentado, insisto, que hay guerras necesarias, y que hay guerras justas. Pero él nunca le había dado alas al asesinato, ni a la tortura, ni a la enajenación. Y en diez minutos se vendió al mejor postor, en nombre de una democracia y de unos valores que, si de verdad son los condenados a representar la humanidad, bien quisiera desligarme de la condición de ser humano.

En una semana, la historia, sempiterna aduladora de realidades ad hoc, ha ido cambiando. Nos habrán mentido, sí, pero menos. Desde el principio nos han dicho que lo mataron a sangre fría. Que fueron allí con la intención de matarlo a sangre fría. Que juntitos y arrengados tomaban su té con pastas en la Casa Blanca mientras, expectantes, clavaban sus ojos en una pantalla gigante esperando ver cómo lo mataban a sangre fría. Me imagino al Gabinete de Obama, reunidos y con los pies posados en la icónica mesa circular, mesando los tres pelos que les queden de tanto pensar: y qué le diremos al mundo. Y a Obama, en un arrebato de soliviana lucidez, diciéndoles que, para qué mentir, para qué darle el gusto a Assange, y a Wikileaks. Nadie nos juzgará por matarlo a sangre fría. Que la justicia es unidireccional, y yo llevo el timón.

No me malinterpreten. No me he caído de un guindo, y ya sé que Obama, y su gobierno, guardan dos varas de medir en su haber. Al fin y al cabo, todos tenemos dos varas de medir. O tres, o las que hagan falta, pues la coherencia es una virtud que más bien parece de cuento. Oh, Coherencia, ¿dónde estás? ¿Acaso alguien te disfruta? A día de hoy, unicornios, elfos y superhéroes con fenomenales poderes cósmicos resultan menos imposibles que tú. Y Obama, como símbolo, ha perdido todo para mí.

En esta semana se ha hablado -y mucho- de los nazis, y de Nuremberg, y de la tortura, y alguno se ha iluminado trayendo a colación la popular paradoja de qué haríamos si tuviéramos en nuestras manos la vida de 500 niños, pero hubiéramos de torturar a una sola persona para levantar el pulgar a nuestro favor. Pamplinas. Y una se cansa de comparaciones históricas para púberes, de tertulia de patio de colegio y de ignominias disfrazadas de profundas reflexiones. Pero entre tanta chascarrería, también ha habido lugar a la comprensión, al raciocinio y a la lógica. Hacer un Top #5 sobre un asunto de estas características bien puede resultar mezquino, no he de negarlo. Pero de todas las opiniones vertidas, y rebozadas, y salteadas hasta la extenuación, estas son las que me han devuelto desde la melancolía al entendimiento, desde el pavor a la esperanza:

#1 La demoledora vuelta al mejor periodismo de Enric González > La caza de la ballena blanca

#2 La inmejorable entrada del que, no en vano, es el ‘bloguero’ político más leído del país, Ignacio Escolar > Un demócrata trasnochado

#3 La tardía, aunque ansiada, reacción de Luis García Montero (el único, a la sazón, que rescata a la maravillosa Hannah Arendt para su arenga) > La anorexia democrática

#4 La mal traducida, pero brutal, reflexión de Noam Chomsky > Mi reacción ante la muerte de Osama Bin Laden

#5 Y una foto, publicada por The Atlantic, que bien resume todo lo anterior >

Aunque no menos interesantes me han parecido las columnas de Juanjo Millás (Pedro y Nopedro) y Manuel Rivas (En el siglo XVI).

Poco más he de añadir. Así como usar poesía ajena para expresar lo que siento me ha resultado siempre más fácil que sentarme y escribirlo yo misma, usar prosa ajena para expresar lo que pienso no es sinónimo de parquedad, de vagancia o de desaprensión. Sino más bien de admiración, de gratitud y de respeto.

 

 

Porque yo, como Sean Penn en esta maravillosa película, sólo sé -y sólo puedo decir- que matar está mal. Y que da igual que lo haga yo, tú, o el Gobierno.

Decía Miguel Hernández:

 

"Tristes guerras
si no es amor la empresa.
Tristes, tristes.
Tristes armas
si no son las palabras.
Tristes, tristes.
Tristes hombres
si no mueren de amor.
Tristes, tristes."

 

Triste es vivir en un mundo condenado a banalizar la violencia, a condecorar la incoherencia, a aplaudir la venganza y a desmitificar la verdad. Triste, triste.

Pero aquí estamos, y aquí seguimos. Intentando ser feliz de todas las maneras que podemos y sabemos.

Y, con un poco suerte, la próxima vez que escuche a un líder mundial decir “se ha hecho justicia”, no sentiré ni tanto asco ni tanta vergüenza.

Un pensamiento en “Obama Bin Laden

  1. Hola. Acabo de ver este vídeo y me he acordado de haber leído esta entrada.

    De cómo defender lo indefendible:

    Felicidades por el blog

    Me gusta

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