España


"Verás llanuras bélicas y páramos de asceta,
-no fue por estos campos el bíblico jardín-;
son tierras para el águila, un trozo de planeta
por donde cruza errante la sombra de Caín."
-Antonio Machado-

 

A riesgo de convertir este blog en un diario, de alguien que simplemente sabe poner bien las comas y escribir quijotadas sobre pajas mentales. A riesgo de saber que siguen esperando el típico blog sobre mis vivencias y andanzas por Oriente Próximo, lleno de curiosidades, y fotos con amigos y gente guay, y anécdotas. O ese otro típico blog conceptual con fotos y una cita a pie de página que habré sacado de Wikiquote y que no citaría para que todos creyeran que he leído el Ulises de Joyce. A riesgo de no alcanzar nunca la gloria literaria, voy a seguir hablando de mí, y de lo que pienso, y de cómo me siento.

Voy a contar, así, que cuando estoy nerviosa, y me entra la melancolía, y me sangran los dedos, me da por escribir. Peroratas por aquí y por allá, porque nunca he sido muy de “introducción, nudo y desenlace”. Y así me va. Pero hay días, los que menos, por desgracia, que uno se inspira (o más bien, le inspiran). Y yo no escapo a ese proceso biológico en el cual te da por empezar pensando en que mañana te juegas, en mayor o menor medida, tu futuro, y acabas teorizando sobre la relación que te une a tu lugar de nacimiento. Volver o quedarse. Volver, o volver a marchar.

 

 

Hablar de mi idea de España, o de mis sentimientos hacia España, de la patria o la bandera no es original. Más bien, es ruin y es una patochada. Pero es algo clave en la idiosincrasia del ser español. Todo español se pregunta varias veces a lo largo de su vida por España. Qué es, de dónde viene, a dónde va. Y yo, que suelo rechazar por sistema todas las modas, me encuentro cómoda con esta. Será porque soy española, mal que me pese.

El debate es perpetuo, y rancio, y parece el cuento de nunca acabar. Porque España se rompe, España no tiene remedio. España está abocada al mutuo desentendimiento. Porque no hay una España, sino dos, o diecisiete, o cincuenta y dos. O cuarenta y seis millones, que vamos ya. Pamplinas, todas ellas.

Lo que quiero decir con esto es que lo que a mí me duele no es España. A mí, al contrario que a Don Miguel, no me duele España. Simplemente, la echo de menos lo mismo que antes la echaba de más.

Porque España me ha permitido conocer y dominar la que, insisto, e insistiré hasta el día de mi muerte, es la lengua más rica, más completa, más hermosa del mundo. Y cómo digo yo esto, si no conozco, ni domino, ni he oído, o leído, o hablado todas las lenguas del planeta. Pero no, no me hace falta. No hay nada comparable a leer buena literatura en castellano, escrita en castellano. Porque, en un universo paralelo, quizá Cortázar, y Borges, y García Márquez, y Rulfo escriben en inglés, o en alemán, o en quechua. Pero en este, esos dioses escriben en castellano, sólo en castellano.

Es la mejor lengua para insultar. Es la mejor lengua para mentir. Para aderezar, para cumplimentar y para exigir. Es la lengua de la aproximación y los “oides”, de la disminución y los “illos”, y los “icos”, y los “etes”. Las mejores cosas de la vida no las elegimos nosotros. Y yo, que no elegí nacer en España, ni pensar ni hablar ni soñar en castellano, no elegí tampoco una de las mejores cosas de mi vida. Y me alegro.

La vida, así como la historia, sería imposible si todo se recordase. Y aunque, como dijo el sabio, quien no conoce su pasado esté condenado a repetirlo, quizá el secreto esté en saber lo que debe olvidarse.

Lo que no olvido, lo que recuerdo, es que mi país tiene la mejor comida del mundo. Mi país tiene Madrid, y Barcelona, y San Sebastián. Mi país tiene románico, y gótico, y plazas mayores la mar de bonitas. Yo soy del país de las voces de Raphael y Serrat, de la movida, de la Bola de Cristal, de Martes y Trece, Cruz y Raya y La Hora Chanante. Del país del anarcosindicalismo campesino, de los maquis, de las guerrillas y los bandoleros. Del país del que, cualquiera con algo corazón, llora cuando oye hablar de él de la mano de Hemingway u Orwell. Del país de Larra, de Galdós, de Unamuno y de Machado. De Cela y de Delibes. De Lope de Vega, Quevedo y Cervantes.

No soy del país de las Comunas, los Mayos del 68, las revoluciones populares, que se llaman populares por no llamarse golpes de Estado. No soy del país de Kant, Nietzsche, Fichte, Schopenhauer y Heidegger. No soy del país de Gramsci, ni guardo un apellido Garibaldi en mi ascendencia, ni visto camisas rojas. No soy del país de los grandes inventores, de los premios Nobel, de los best-sellers traducidos a un millón de lenguas.

Pero eso también quiere decir que no soy del país de Napoleón, de Le Pen, del más horrible modelo de colonización y de la música gangosa. Que no soy del país que provocó dos guerras mundiales y que aún no se ha sentado a recapacitar que eligió democráticamente a un dictador que abocaba por acabar con dos tercios de la población mundial. Que no soy del país que eligió democráticamente a Berlusconi, a quien le precede su nombre, y quien no requiere presentación.

Mi madre, que es muy sabia, solía decirme que en todos lados cuecen habas, y en tu casa, calderadas. Supongo que toda nación, territorio, estado o cosa con mínimos lugares comunes tendrá motivos, razones, hechos y personas por las que sentirse orgulloso y otras por las que sentirse denostado e inútil. Así como todos nosotros tenemos virtudes, actitudes, gustos y personas de las que sentirnos orgullosos, y otras de las que sentirnos avergonzados y desdichados. Como cada uno de nosotros, cada país (nación o territorio) tiene sus cosas. Cada uno tiene sus cosas.

Yo no voy a recordar nunca más que nací en la España del Cid, de los Reyes Católicos, de Colón, y Cortés, y Pizarro. De los pronunciamientos como comodín del público. Del carlismo, de la Inquisición, de Fernando VII. Del falangismo, del nacionalcatolicismo, y de Francisco Franco. No, porque esa no es mi España. Y quien la quiera hacer suya, contará con mi respeto, pero nunca con mi aprecio.

Puede que viva condenada a sentirme extranjera en España y española en el extranjero. A que cuando esté allí quiera salir, y cuando salga, volver. Puede que eso no constituya una muestra de mi relación con mi lugar de origen, sino una muestra de mi forma de ser. Que me canso, y no me conformo, y siempre necesito más.

 

Y ahora que vuelvo a hablar de mí, lo dejo. Que no quiero que mi blog sea como los de las gilipollas que se empeñan en crear alegorías de acontecimientos tan banales como la pérdida de una uña postiza. Y, si vuelvo a España, al menos me veré obligada a cambiarle el nombre. A Si Rajoy puede, yo también.

Un pensamiento en “España

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