India para literatos.

Esta entrada es una adaptación libre del cuento de Oscar Wilde, siguiendo la estela que comencé con Líbano para literatos.
Como entonces, cualquier parecido con la realidad no es pura coincidencia.

La princesa feliz

 

La princesa está triste.

¿Por qué está triste la princesa?

Dice que lleva meses viviendo con el corazón roto, desde que volvió de su viaje a Líbano. Dice que se lo han de recomponer.

Y crees que podamos ayudarla.

Pues claro, si ella se deja, podremos ayudarla.

 

Es esta la historia de una princesa que partió a la India en búsqueda de un cirujano que le arreglara el corazón.

Pero allí no encontró sólo uno, sino muchos cirujanos. Y cada uno de ellos le dio una puntada.

El primero de ellos, que tenía una varita mágica, le abrió la puerta de la consulta, cuando el jefe estaba ausente y se había olvidado de que ella llegaría. Y viéndola, allí, tan triste, le preguntó dónde estaba su felicidad. Yo no creo en la felicidad, le dijo la princesa. Es imposible ser feliz sin ser ignorante. Y eso quién lo dice. Eso lo digo yo, que siempre lo he pensado. Y tú crees entonces que el conocimiento conlleva infelicidad. No lo creo, lo sé, uno puede vivir una sucesión de momentos felices, pero nunca será completamente feliz a no ser que ignore todos los posibles motivos de su infelicidad. Pues no, yo te voy a demostrar que no es así. Y la tocó con su varita mágica y le dijo: yo te concedo la felicidad. Y entonces ella floreció, y de su cuerpo frágil y adormecido brotó una armadura de oro.

El segundo de ellos la enzarzó en discusiones interminables que se perdían en sus propias subordinadas. A ti te encanta discutir, y es difícil discutir contigo, porque acumulas muchos datos. Y porque brillas demasiado en esa armadura.

Pero no fue sino el tercero de ellos, un vasco venido a menos, un corazón venido a más, quien descubrió realmente todo lo que la princesa podía brillar. Porque contigo uno no se acuesta sabiendo no una ni dos, sino treinta cosas nuevas, por lo menos. Pero eso es bueno, o no, porque hay princesas de cuento que apenas saben hablar de nada. Y a ti no te aprecian como debieran, y alguno se va a llevar una hostia. Porque qué ojazos tienes. Pero si son tan grandes, y profundos, quizá debamos optimizarlos, siguiendo la lógica capitalista. Con un presupuesto limitado, qué otra solución habría. Pues sube los impuestos.

Cirujano Mikel.
Cirujano Mikel.

Y no fue sino el cuarto, y su acento, que le hizo sentir como si nunca, nunca hubiera salido de casa, como si su casa pudiera encontrarse allí donde estuviera. No fue sino él quien, en diez días, fue capaz de ver más allá que nadie más.

Sí, eres cerrada, y así no aprendes nada nuevo, ni aprovechas lo que los demás pueden enseñarte. Y, a veces, te tomas las discusiones como una competición, y no hace falta. Ya se nota que sabes muchas cosas. Pero no te preocupes, dentro de tres años serás la mujer perfecta. Habrás aprendido y serás la mujer perfecta.

Cirujano Víctor.
Cirujano Víctor.

Y no fue sino ella, la aventurera asaltacocinas, la intrépida asaltamundos, quien entendió la razón por la que la princesa estaba triste. Y ahora feliz. Y antes triste.

Ya he empezado a escribir mi próxima entrada, y voy a hablar de vosotros, pero creo que va a quedar demasiado sentimental. Y cuándo lo vas a escribir, yo lo quiero leer. Ya lo leerás, pero tendrás que leer entre líneas. Bien, me gusta leer entre líneas.

Cirujana Myriam.
Cirujana Myriam.

Y conoció a muchos otros, y otros muchos más. Y conoció motes, y risas. Parpel, y Rania. Ideacas, y electrodomésticos. Y adrenalina, y satisfacción.

Y un día, también conoció a un príncipe indio, que le hizo una oferta que no podía rechazar.

Pero no puedo pagar 2.000 rupias por un elefante, no soy rica. Pero lo pareces, pareces rica. Y por qué, si puede saberse. Por tu cara, porque tienes cara de princesa. Y es que lo soy, soy una princesa, pero has de guardarme el secreto, porque estoy aquí de incógnito.

Y qué es un incógnito. Que nadie puede saber que estoy aquí.

Pero allí estuvo, allí siguió. Allí quedaron tantas partes de la princesa feliz, como cada una de sus sonrisas, cada uno de sus descubrimientos, cada una de sus expectativas colmadas.

Y cuando vuelvas, dentro de algunos años, yo seguiré aquí, y volverás a venir sola. No lo creo. Vendrás ya casada, con un príncipe. No, porque no me gustan los príncipes. Y qué te gusta entonces. Los hombres de verdad, como tú.

Pero ninguno de ellos supo dar la puntada definitiva, que siempre se reservó él. El que acogió a la princesa en su palacio, el que soportó sus inseguridades y lamentos, el que le otorgó el placer de compartir mucho más que una sarta interminable de discusiones. El que la paseó, la sentó en su carroza, le permitió una nueva dosis de escapismo. El que merecía más que una simple nota, que un simple gracias. Al que le gustaba hablar con ella, porque ella le forzaba a hablar mejor.

Y amigo.
Y amigo.

-¿Tu corazón ya está mejor?

-Sí, ya está mejor. Al menos hasta mañana.

-Pero sabes que, lo que hemos hecho esta semana, es ponerte simplemente un parche, ¿verdad? Tú tienes la secreta esperanza de que, cuando vuelvas, todo será distinto. Y no va a ser así. Por eso tienes que procurar no dejar de brillar.

-¿Y si no lo consigo?

-Si no lo consigues, siempre podrás volver. En India te recibiremos con los brazos abiertos.

Y así, de vuelta a casa, y ya despedazada por completo, el armazón de la princesa feliz no volvió a brillar. Ya solo recubierta de latón, se entregó de nuevo a la desesperación de su rutina. A la subestima continua, a la eterna negación, a las malas noticias, al perpetuo desengaño. Volvió, y lo único que le quedó fue sentarse a escribir, y recordar, y volver a sonreír. Y sonrió aún más al pensar que lo que muchos despreciarían, otros recibirían con alegría. Y de qué sirve escribir, siguió pensando, si no es para alegrarle la vida a la gente.

Sonrió por su suerte, que volvía a ser una ramera de primera calidad, que le puso en bandeja diez días de oasis en medio del desierto, para devolverla más tarde a su realidad.

Pero hay algo que sí consiguió. Consiguió, como una vez se propuso, mantener conversaciones interesantes con un buen amigo. Y con gente sorprendente. Muchas, muchísimas. Interesantes, interesantísimas. Y si a alguna conclusión llegaron, si en algo estaban de acuerdo, es que había que seguir dando, siempre, sin esperar nada a cambio. Que podrían despojarla cuantas veces quisieran de su armadura. Que, si alguna vez volvía a sentirse vacía, quizá pudiera contar de nuevo con un cirujano, o con dos, o con tres. Quizá pudiera contar de nuevo con una varita mágica que le concediera la felicidad.

Y aunque en India no volvieran a recibirla con los brazos abiertos, el recuerdo de lo feliz que fue allí siempre lo haría.

 

Y, con suerte, seis meses pasarían más rápido que diez días.

4 comentarios en “India para literatos.

  1. No me di cuenta de la publicación de esta entrada.

    Princesa (aunque yo creo que es más acertado decirte Reina), como siempre me atrapas con tus letras.

    Me gusta

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