De la acción y el efecto de cambiar.

 

¿Qué sería yo sin mis defectos?

¿El hombre invisible?

Gabino Diego, en Los peores años de nuestra vida.

 

Andaba yo preguntándome, de un tiempo a esta parte, por todos aquellos innumerables momentos en los que sentimos que no nos gusta algo de alguien, o algo de nosotros mismos. Aquellos incontables momentos en los que nos repetimos “es que yo soy así, es que no puedo cambiar” o “es que yo soy así, es que no me puedes cambiar”. Y me encontré con un nuevo defecto, pero esta vez en mi pensamiento, en forma de contradicción. Porque siempre he creído en ello como una excusa, como una posición conservadora, incluso cobarde, digna de alguien sin respeto ni contemplación por nada. Pero, al mismo tiempo, siempre he creído que querer, amar a una persona -sea amigo, madre, padre o hermano- implica querer sin salvaguardias de ningún tipo. Como una vez leí, un amigo es quien sabe todo de ti y a pesar de ello te quiere.

Aunque de esos, desgraciadamente, ya no queden muchos, hace poco llegué a una conclusión. Puede que haya cosas que no sólo no puedan cambiar. Puede que haya cosas que, además, no deban cambiar. Cosas que te hacen ser tal y como eres, que te definen, que te completan. Elementos que, aunque te hagan sentir y/o parecer inmaduro, pueril, frío, distante o malhumorado, son la principal causa y consecuencia de tu forma de ser.

Puede que los defectos no existan. Puede que nuestros defectos sean a veces nuestra mayor virtud. Sobre todo si esos mismos defectos son los que nos empujan, muchas veces, a seguir adelante. Puede que, sin defectos, todos nosotros seríamos invisibles. A la par que innecesarios e imposibles.

 

Uno puede ser presuntuoso, engreído, ególatra, desagradecido, cruel. Uno puede ser adusto, desvergonzado, cínico, fatalista e incluso taciturno. Y todas esas facetas, aunque molestas, aunque deleznables, le forzarán a la postre a mejorar, le ayudarán a crearse a sí mismo, en su propia dualidad. Y así, el presuntuoso encontrará la forma y la persona con la que mostrarse humilde; el desvergonzado, la mujer que le haga temblar con sólo mirarla; y el fatalista, el sabor del más puro e intenso carpe diem.

Y así, ninguno de ellos sufrirá el peor de los defectos, el del esperanzado, el del romántico, el del soñador. El de quien por más desencuentros y desencantos conozca, nunca podrá dejar de desear y de esperar a “la próxima vez”. “La próxima vez será diferente”, “la próxima vez saldrá (todo) bien”. Y pensará, al mismo tiempo, que al fin y al cabo -y como dijo el sabio- qué son las personas, sino la esperanza que depositamos en ellas.

Y así, puede que ni siquiera él deba cambiar. Porque aunque sufrirá, cambiar significaría perder parte de su esencia, dejar de ser él mismo. Esperar demasiado le convertirá en un ser arrogante, quizá atormentado, y en ocasiones despiadado. Pero como buen defecto, como gran defecto, también le hará una persona mejor. Le mantendrá despierto, le mostrará atento, le colmará de felicidad cuando sus sueños se hagan realidad. Porque, seguramente, no todos, pero algunos se harán realidad.

Y entonces, el esperanzado, el romántico, el soñador, será feliz. Será un hombre completo, entregado en cuerpo y alma a su mayor defecto. Entregado a disfrutarse tal y como es.

 

Y es que yo, soy así. Y aunque pudiera, no querría cambiar.

Un comentario en “De la acción y el efecto de cambiar.

  1. En esta vida se tienen que abrir puertas donde otros sólo ven muros…

    Florence and the Machine – You got the Love (Rmx The XX)

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