Páginas que ocuparías en mi autobiografía

 

Últimamente pienso mucho en los fenómenos de descompensación. Supongo que, después de cuatro meses en Ammán, estoy empezando a desarrollar cierto síndrome del expatriado y ya empiezo a divagar sobre el sentido de la vida. Pero, en primer lugar, alguno se preguntará, ¿qué querrá decir Violeta con eso de la descompensación?

Si compensar es “igualar en opuesto sentido el efecto de una cosa con el de otra”, que dos personas (contrarios, por definición) estén “compensadas” habrá de significar que estén en el mismo sitio, momento y lugar -metafóricamente hablando-. Que A y B busquen y quieran lo mismo, que A y B sientan lo mismo el uno por el otro. Ya sea tu amigo, tu perro/mascota, tu novio o tu hermana. Es un concepto que, desde mi punto de vista, se puede aplicar a cualquier tipo de relación humana.

Ni yo ni nadie puede soñar con alcanzar la compensación en cada una de sus relaciones humanas. Pero podemos soñar con acercarnos, con salir de la caverna y rozar la idea de compensación. No podemos crear un “índice de compensación” con cada persona que conozcamos, hayamos conocido o que siga presente en nuestras vidas. Pero podemos intentarlo, aunque sólo sea para ser conscientes de lo que podemos y no podemos esperar, para no pecar de ingenuos, para no recordar a todos aquellos que alguna vez te llamaron “mejor amiga” y que ya apenas te recuerdan. Yo he ideado uno, y lo he llamado “páginas que ocuparías en mi autobiografía”. Consiste en hacer un ejercicio de prospección e imaginar cuántas páginas dedicarías, en tu futura autobiografía, a una determinada persona, que haya pasado por tu vida. No es cuestión de tiempo, sino de intensidad. No de cantidad sino de calidad. Más tarde, tienes que intentar salir de tu ‘modo de comprensión’ de las cosas y entrar en el de la otra persona, y figurarte, aproximadamente, cuántas páginas ocuparías tú en su futura autobiografía. Aún no he ideado una cifra que me permita saber a partir de qué número estás perdiendo completamente tu tiempo, pero cada uno ha de saber la medida de lo que está dispuesto a admitir para sí mismo.

 

En todos estos fenómenos de descompensación y páginas autobiográficas tienen mucho que ver las palabras, las etiquetas, la conceptualización de aquello que, a la postre, no se puede conceptualizar. Decía Orwell en 1984 que, si elimináramos del diccionario la palabra “libertad” y no la volviéramos a mencionar, con el tiempo las nuevas generaciones dejarían de conocer, siquiera de plantearse, qué es la libertad. Hoy me paro a pensar si mi vida no sería más fácil sin conocer, ni utilizar, ni pensar según y acorde a ciertas palabras y conceptos. Si no sería todo más fácil sin deformación académica, sin intentar reducir al absurdo elementos vitales tan complejos que ni siquiera se pueden aprehender.

Pero luego recapacito, me echo para atrás, y me pregunto si acaso no supone alivianar en demasía un sentimiento no concederle un justo nombre. Si acaso no es esa la finalidad del lenguaje. Si acaso no hay nada lo suficientemente complicado como para no poder dotarlo de contenido semántico. Si acaso somos nosotros, y sólo nosotros, los que nos negamos a encontrar la palabra precisa para el momento adecuado y acabamos desarrollando subterfugios para reducir al lenguaje a su segunda mayor vertiente. Porque el lenguaje es un arma de verdad, pero también una de engaño y, más aún, de autoengaño.

Y, quizá -sólo quizá- como el autoengaño es un pozo sin fondo, y no tiene fin, el lenguaje y su eterna capacidad de embrollar, tampoco.

Hay muchas cosas que no deberíamos llamar de ninguna manera, que deberían simplemente ser. Que deberíamos dejar que fueran, sin caer en casualidades y probabilidades, sin acabar preguntándonos por el origen del universo cada vez que pensamos por qué tal o cual persona se cruzó en nuestras vidas o por qué te destinaron a Ammán en vez de al Cairo, el año en que cayó Mubarak. Todo eso sólo añade más confusión y descompensación a la que, probablemente, ya suframos de por sí.

Porque aunque estar perpetuamente descompensado sea un asco, seguramente no tengamos otra opción. Seguramente sea inevitable. Y quizá sea verdad aquello de que cada uno ha de ser consciente de sus propias limitaciones.

Pero sólo quizá, y sólo en determinadas ocasiones. Porque algunos, aunque no hayamos empezado una autobiografía, sí hemos empezado un blog.

 

Para compensar.

2 pensamientos en “Páginas que ocuparías en mi autobiografía

  1. No te destinarón al Cairo, porque sabian lo que valias y pensaron que la humanidad no podía perder un especimen como tu.

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  2. Ha sido una grata sopresa encontrar este blog, te felicito y espero que vaya todo muy bien por Amman. La “teoria de la compensación” con mucho de aristotélico y de punto medio como base es una constante en todo tipo de relación de afectividad o poder, como bien dices. Aunque por otro lado tampoco hay que perder la cabeza tratando de buscar un equilibrio constante, valdrá quizás con no dejar de buscar.

    Saludos de un ICEX sudafricano

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