Top #5: Escenas favoritas de The Godfather

 

Admitámoslo. Entre los miles de millones de dilemas e inquietudes que asolan mi cabeza diariamente, hay uno que siempre sobresale, uno al que nunca me veo capaz de dar solución, uno que atormenta a quien basa su vida en priorizar, hacer tops, racionalizar y compartimentar cada uno de sus anhelos. Siempre me he preguntado qué decidiría si me forzaran a prescindir de mi vista o de mi oído, si me dieran a elegir. ¿Oído? ¿Cómo sería vivir sin volver a escuchar la 9ª Sinfonía? ¿Vista? ¿Cómo sería sólo poder recordar, no volver a ver el primer plano de Malcolm MacDowell en A Clockwork Orange?

Pero cuando le doy al play y veo la primera imagen de The Godfather Part II, ese magnífico primer plano de Michael, de repente parezco alcanzar una respuesta satisfactoria. Porque estas tres películas son la máxima expresión del cine, como obra de arte total. Y, si me dieran a elegir, me rendiría, no podría. La II es mi favorita, pero porque hay una antes y una después y, sin ellas, sería nada.

En mi Top #5 ‘Mejores películas de la historia del cine’, The Godfather Part II y The Godfather -en ese orden- se sitúan sólo por detrás de Citizen Kane y Casablanca. Ninguna de las tres alcanza a ocupar un puesto en mi Top #10 ‘Películas favoritas’, pero son mi Top #2: ‘Creaciones artísticas que más me ayudan a pensar’. Son lo más completo, lo más perfecto que ha parido la historia del cine. Lo tienen todo. En las dos primeras no sobra un fotograma, una línea, un gesto. En la tercera, únicamente sobra una chica que debió mantener su talento a salvo de la deriva de la interpretación. Y, aun si estoy mal, nadie puede arrancarme la sonrisa de la cara al verlas.

Así que aquí tenéis un Top #5 que dice mucho de mí, y que no podréis rechazar.

 

#1: Banana Daiquiri. The Godfather Part II

«Banana Daiquiri.»

[Ordering drinks in a Havana cafe.]
Fredo: Uno… por favor…
[to Michael]
Fredo: How do you say “banana daiquiri”?
Michael:Banana daiquiri.”

En este momento, Michael ya sabe que ha sido Fredo quien le ha traicionado. Coppola y Willis dirigen toda la atención a su expresión, convirtiéndola en acaso la mejor escena de Pacino como actor. Cuando sólo es una presencia, cuando puedes sentir su dolor. Cuando el personaje de Michael se presenta humano y desgarrador, violento y compasivo, y se erige, al fin, como uno de los mejores personajes de todos los tiempos.

 

#2: Tom Hagen y Frank Pentangeli. The Godfather Part II

Tom Hagen y Frank Pentangeli.

Frank Pentangeli: Those were the great old days, you know… And we was like the Roman Empire… The Corleone family was like the Roman Empire…

[…]

Tom Hagen: When a plot against the Emperor failed… the plotters were always given a chance… to let their families keep their fortunes. Right?
Frank Pentangeli: Yeah, but only the rich guys, Tom. The little guys got knocked off and all their estates went to the Emperors. Unless they went home and killed themselves, then nothing happened. And the families… the families were taken care of.
Tom Hagen: That was a good break. A nice deal.
Frank Pentangeli: Yeah… They went home… and sat in a hot bath… opened up their veins… and bled to death… and sometimes they had a little party before they did it.

O cómo el mejor secundario de la saga, un enorme Robert Duvall, le da la oportunidad a Frank Pentangeli de decidir cómo desea morir. Simplemente sublime.

 

#3. Michael y Appolonia. The Godfather

Michael y Appolonia.

Para los que no la recuerden, Michael y Appolonia ya están prometidos, pero tienen que estar todo el tiempo acompañados. Paseando, Appolonia tropieza a propósito para poder caer en los brazos de Michael y que él la sujete, para gracia de las señoronas italianas que caminan tras ellos.

No es una gran escena, pero es una escena entrañable. Y soy yo, que pese a ser fría e insensible, en el fondo, muy fondo, soy una sentimental. Soy yo, que siempre he visto en la muerte de Appolonia el punto de inflexión definitivo en la vida de Michael. Porque cuando, en The Godfather Part III, Michael le asegura a Kay que él no eligió que su vida fuera así,  que primero tuvo que proteger a su padre porque su padre estaba en peligro, y luego eran ella y sus hijos los que estaban en peligro, a mí me da la punzada romántica y recuerdo la expresión de Michael al ver marchar a Fabrizio, el instante en que es consciente de su traición y el “¡no!” desgarrador que grita antes de que Appolonia vuele por los aires. Soy una sentimental que quiere ver -y justificar- la deriva violenta de Michael como un mero ejercicio de venganza, cuando probablemente su personaje revista demasiada complejidad como para banalizarlo hasta ese extremo. Pero nadie es perfecto.

 

#4. Llegada de Vito a América. The Godfather Part II

Vito.

Una vez, una amiga me contó que su padre, al ver esta escena, no podía evitar suspirar y decir «ya no se hacen películas como esta».

Vito llega a Nueva York y es trasladado a un hospital para someterse a un período de cuarentena. Desde allí, observa la Estatua de la Libertad sin alterar el rostro. Y nosotros, que ya hemos visto morir a Vito, que le hemos visto llorar por la muerte de Sonny, bailar con Constanza en su boda, y asustar a su nieto con una naranja en la boca, nosotros, que conocemos su historia, no sabemos si admirarle o compadecerle, si sentir alegría o tristeza. Ahí, en su ambivalencia, reside la grandeza de esta escena. En ver, y saber, que un chico que lo ha perdido todo se sienta a contemplar su futuro y, lejos del llanto, entona una canción. Como si, en el fondo, supiera -al igual que nosotros- que finalmente se convertirá en todo aquello de lo que está huyendo. Como si hiciera las paces consigo y con su suerte.

 

#5. Confesión de Michael. The Godfather Part III

Cardenal Lamberto, luego Juan Pablo I.

Michael: I, uh, betrayed my wife. I betrayed myself. I’ve killed men, and I ordered men to be killed. No, it’s useless. I killed… I ordered the death of my brother; he injured me. I killed my mother’s son. I killed my father’s son.

Cardinal Lamberto: Your sins are terrible. It is just that you suffer. Your life could be redeemed, but I know you don’t believe that. You will not change.
[grants Michael the Rite of Absolution]

¿Por qué me apasionan desde siempre las historias de gángsters? Porque no hay moralidad. No hay buenos y malos. El cine, como arte, es capaz de abstraerse y no juzgar a sus propios convidados. Es difícil conseguir esto sin que el resultado final sea demasiado frío, demasiado poco atrayente y demasiado poco realista -a no ser que te llames Stanley Kubrick- pero, por alguna extraña razón -que no he alcanzado a entender- las películas de gángsters, las buenas, siempre lo consiguen. Incluso en Los Soprano en ningún momento se juzga a Tony, ni siquiera al final, ese glorioso final en el que David Chase dejó que todos juzgáramos por nosotros mismos.

Y, en The Godfather Part III, Coppola y Puzo, conscientes de que Michael no ha sido juzgado -ni por ellos, ni por nadie- deciden dar una vuelta de tuerca y lo echan, literalmente, a los leones. Le obligan a reconocer que es un ser despreciable y falto de escrúpulos. De nuevo, son capaces de ofrecernos un clímax completamente ambivalente, situándole en una esfera donde ya no hay nada que añadir, donde el mismo vicario de Dios en la Tierra le dice que sus pecados son horribles, pero que él “no va a cambiar”. Michael es juzgado sin haber sido juzgado y obtiene el perdón del propio Cardenal Lamberto y del espectador. Y eso sólo lo pueden hacer guionistas de una talla descomunal.

 

Como siempre, es éste un Top #5 muy personal, como toda mi visión de la trilogía. Porque para mí el mejor Vito es DeNiro, no Brando; el mejor personaje, Michael, no Vito; la mejor película, la II, no la I. Y sé que ésta no es la tónica general, pero quizá por eso los haya elegido así. O quizá no.

La primera vez que las vi, tenía 13 años. Desde el momento en que Michael mata a Sollozo dejé de entender nada, pero las terminé de ver. Y aún hoy, diez años después, cada vez que vuelvo a verlas descubro algo nuevo, una mirada, un matiz, un plano, detalles en los que nunca antes me había fijado. Eso sólo te lo ofrecen las grandes obras maestras.

Y ahora sólo me queda entonar un breve suspiro y decir: «ya no se hacen películas como éstas».

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