Madrid, Ammán.

– A veces ocurren cosas malas y no puedes evitarlo y, si no puedes poner el remedio… ¿por qué vas a angustiarte?

– Porque es tu responsabilidad.

 

He ahí: la eterna discusión. Para los que me conozcan (y lo reconozcan) será muy fácil. Para los que no, he de admitirlo. Sí, puedo recitar El Rey León de principio a fin, y unas copas me ayudan a terminar sin cansarme, ;)

Experta en ver filosofías de vida en todas partes, El Rey León es una de ellas, y esta conversación entre Nala y Simba ilustra lo que, para mí, es el trasfondo de la película, el “hakuna matata” que está bien pero que no puedes alargar en el tiempo, porque no puedes negar quién eres y qué eres. Sé que la película es recordada, básicamente, porque un suricato y un jabalí berrugoso cantan alegremente al “carpe diem” sin Walt Whitman y “Oh, captain, my captain”. Pero no, en El Rey León finalmente vence la responsabilidad, Nala, la esencia irrenunciable de Simba.

Ayer, dolorosamente, recordé este fragmento. Recordé que uno puede poner mucha tierra de por medio, que uno puede intentar huir, despejarse, avanzar pero que, lamentablemente, hubo no puede desdibujarse y reinvertarse. Uno tiene responsabilidades. Yo, que no soy Simba, y no tengo unas piernas fuertes y veloces para cruzar selva tropical, desierto y sabana en treinta segundos de película, sigo en Ammán mientras, en España, tengo responsabilidades.

Ayer me gustaría haber sacado de paseo a alguien. Me gustaría haber ido a la inauguración de Renoir en el Prado y, por qué no, empalmar más tarde con la de Mario Testino en el Thyssen. Me gustaría haberle robado una sonrisa a una personita que alega que El Rey León no le gusta porque los animales no hablan.

Como no podía hacer nada de eso, un buen amigo y yo fantaseamos virtualmente con volver a ir al Starbucks. Sí, me gustaría volver al Starbucks: ir con aquellos que odian Starbucks, aquellos que lo odiaban y que ahora aprovechan cualquier ocasión para ir, o con aquellos que siempre compartieron mi dosis necesaria del esnobismo más absurdo… pagar cuatro euros por un café que cuesta menos de uno, para participar de esa escena de Family Guy:

 

 

Ayer fue ayer, y hoy, al pasar por un Starbucks, no me apeteció en absoluto.

Hoy, tras una buena tarde, me apetece dormirme recitando algunas frases memorables:

“- Está desinflado.

– Pues yo le veo bastante gordito.

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